Háganlo todo invocando al Señor Jesús - Col 3, 17

magdalena leyendo1

No des crédito a quien te dice que solo basta rezar, ni a quien piensa que la oración es inútil. No establezcas oposición entre la oración y cualquier otra expresión de la vida de fe, porque el Reino de Dios no está dividido contra sí mismo.

Tu aspiración debe ser esta: nada de lo que constituye la plenitud de la fe debe resultarte extraño. En la Iglesia hay diversidad de temperamentos y carismas, pluralidad de vocaciones y ministerios, pero no puede haber más que «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, entre todos y en todos» (Efesios 4,5-6).

La fe única encierra tantas riquezas que no puede expresarlas sino en actos innumerables y múltiples momentos. Tú tienes que desear conocer todas esas riquezas, participar en todos esos actos, vivir todos esos momentos. Lo cual no es una ambición presuntuosa: es apreciar los dones de Dios y tener sabiduría espiritual.

Una persona que cree experimenta dentro de sí una agua viva y una voz del dinamismo pascual que la invita y le murmura «ven al Padre» (Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos), sabe que Dios la espera para una cita en el silencia en alguna parte, ya en la montaña ya en una cueva en las rocas (Éxodo 33,21-22).

Sabe también que no rendirá culto en espíritu y en verdad, a no ser que cada uno de esos momentos esenciales la introduzca ante el Otro y la lleve a profundizar en Él. La oración recrea en ella un corazón y lo modela, el misterio litúrgico ilumina ese corazón y lo fortalece en la comunión de la Iglesia: uno y otro de estos momentos, y otros más si los hay, con los que se expresa la vida sobreabundante de la gracia, anticipan para esta creyente la vida eterna en el seno de las exigencias del tiempo presente. «Todo es suyo, ustedes son de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Corintios 3,22-23).

Responsable: Francisco Quijano